jueves, 20 de diciembre de 2012

Luces de la ciudad (1931) de Charles Chaplin

No creo que exista alguien que se jacte de ser cinefilo y no haya visto aunque sea una película o corto de Charles Chaplin. Y es que este personaje es, sin lugar a dudas, el referente que la gran mayoría tiene con respecto al séptimo arte. Hay películas que uno ve por casualidad, hay también otras que ve uno por necesidad, pero tengo que admitir que ésta es de la películas que uno ve por curiosidad. Después de todo se trata de mayor icono del cine de todos los tiempos. El resultado: una película inolvidable. Por primera vez me dí cuenta que el cine no eran solo efectos especiales, diálogos graciosos o profundos, hermosas estrellas o pasar el rato en un lugar oscuro. Eran todo eso y además, como pocas cosas en la vida, una experiencia trascendental. 


Sorprende que se trate de una película que se estrenó cuando ya el cine sonoro había hecho su aparición. Pero puede interpretarse como la necesidad de dejar sentado que la gran época el cine mudo había llegado a su final. El "vagabundo" ya no seria nunca más un personaje mudo. Había dicho mucho si haber nunca hablado. 

 

Hay en las escenas más recordadas de esta película una construcción visual que produciría la envidia y admiración del más talentoso director en la actualidad. Y es que este "vagabundo" se mueve en un moderno moderno (las luces de la ciudad son su evocación más genuina). 


El final de la película con ese primer plano muestra una de las expresiones más genuinas del sentir humano que el cine nos haya brindado, muestra la necesidad de ser parte de ese mundo que muchos quieren alcanzar y que a la gran mayoría se les escapa de las manos. 


Hugo J. Robles Cosco
Historiador del Arte

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