Una de mis películas favoritas. Creo que nunca antes en el cine, el placer de los sentidos cobró tanta importancia como tema y como expresión. El personaje principal Babette crea un festín en donde somos testigos de la creación artística en su sentido más apolíneo. Pero al mismo tiempo es una muestra de agradecimiento sincero a aquellos que merecen tal deleite.
Fiel a la tradición nórdica de pintura, esos planos del film nos recuerda los cuadros de género y bodegones como podemos apreciar en el siguiente fotograma. No es lo único. Hay todo un despliegue visual heredado del norte europeo: la intimidad de las escenas, las luces naturales y artificiales, los contrastes de luces y sombras y las composiciones de influencia pictórica. Pero no hay que engañarnos no es una película que recurra a la historia del arte para fines estéticos superficiales. La narración visual cumple su cometido para apreciar las sensaciones y percepciones de los ambientes, personajes y objetos, cada una de las cuales cumple una función preponderante a lo largo del film.
No se trata creo yo de una visión parcial de un interesado en la historia del arte como podría pensarse. Del dialogo del personaje principal brota la teoría del arte: "Por todo el mundo resuena el grito del corazón del artista, permiteme ser todo aquello de lo que soy capaz de hacer" ... Y cuando no es posible hacerlo, un comentario del espectador caritativo (solo después de probar tan suculento festín): "Tu llegarás a ser el artista que dios tenía pensado que fueras" ... refleja ese deseo comunicativo trascendental del arte y el cine.
Hugo J. Robles Cosco
Historiador del Arte



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