sábado, 15 de diciembre de 2012

El zoo de cristal ( 1987) de Paul Newman

No soporto ver películas teatralizadas. El teatro nunca me ha conmovido, a pesar de mi intento fallido por acercarme a ella muchas veces. Creo que la dimensión interpersonal del teatro arruina la ilusión de realidad que puede provocar un film. Entonces ¿como puedo valorar tanto esta adaptación fílmica de Tennesse Williams?, en donde el director ha hecho todo lo posible para ser fiel al texto dramático, donde el merito es exclusivo de los actores, donde la cámara si apenas se mueve, y donde finalmente, parece que viéramos una obra teatral con una cámara dentro del escenario. La razón creo yo, es la disposición que no algunos, sino muchos, tenemos al ingresar a una sala a ver cualquier film. Un abandono a esa ilusión del lenguaje cinematográfico.


El inicio de la película con una breve toma de exteriores nos introduce al hogar abandonado por Tom. Ese personaje cuyo monologo introductorio nos familiariza inmediatamente con la propuesta teatral del director y, sin embargo, hay también  esa necesidad de involucrarnos con todos los personajes pero no como figuras representando su papel, sino como personas cuyos recuerdos inmediatamente las configuramos como reales mucho antes de que aparezcan en escena: Amanda, la controladora madre; Laura, la temerosa hermana y Jim, el amigo invitado. No creo que se trate de grandes interpretaciones, pero cada uno aporta una emoción que en conjunto crea una atmósfera realmente atrayente.  


No recuerdo otra película cuyos lazos familiares hayan tocado ese filamento tan sensible que sentimos con el entorno familiar: el abandono del hogar, el recuerdo de la convivencia, la nostalgia por el vínculo, la desesperación por la independencia o la insatisfacción por el deber familiar.


No hay duda que el personaje de Laura es la que trasmite todas las consecuencias del dolor y la angustia del hermano y la madre, y es el personaje que evoca el sentido de la película. Ella y su colección de animales de cristal que tanto cuidados le da, no es sólo un símbolo de la fragilidad con que nos relacionamos con las personas cercanas a nosotros (la familia), sino también, la transparencia con que podemos observarlas.

Hugo J. Robles Cosco
Historiador del Arte

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