jueves, 20 de diciembre de 2012

Luces de la ciudad (1931) de Charles Chaplin

No creo que exista alguien que se jacte de ser cinefilo y no haya visto aunque sea una película o corto de Charles Chaplin. Y es que este personaje es, sin lugar a dudas, el referente que la gran mayoría tiene con respecto al séptimo arte. Hay películas que uno ve por casualidad, hay también otras que ve uno por necesidad, pero tengo que admitir que ésta es de la películas que uno ve por curiosidad. Después de todo se trata de mayor icono del cine de todos los tiempos. El resultado: una película inolvidable. Por primera vez me dí cuenta que el cine no eran solo efectos especiales, diálogos graciosos o profundos, hermosas estrellas o pasar el rato en un lugar oscuro. Eran todo eso y además, como pocas cosas en la vida, una experiencia trascendental. 


Sorprende que se trate de una película que se estrenó cuando ya el cine sonoro había hecho su aparición. Pero puede interpretarse como la necesidad de dejar sentado que la gran época el cine mudo había llegado a su final. El "vagabundo" ya no seria nunca más un personaje mudo. Había dicho mucho si haber nunca hablado. 

 

Hay en las escenas más recordadas de esta película una construcción visual que produciría la envidia y admiración del más talentoso director en la actualidad. Y es que este "vagabundo" se mueve en un moderno moderno (las luces de la ciudad son su evocación más genuina). 


El final de la película con ese primer plano muestra una de las expresiones más genuinas del sentir humano que el cine nos haya brindado, muestra la necesidad de ser parte de ese mundo que muchos quieren alcanzar y que a la gran mayoría se les escapa de las manos. 


Hugo J. Robles Cosco
Historiador del Arte

martes, 18 de diciembre de 2012

¡Que bello es vivir! (1946) de Frank Capra

Cuando una vez me dijeron que a mí no me gustaban los finales felices sino que era un pesimista sin remedio, mi respuesta inmediata fue que me gustaban los finales consecuentes con la película. Pero evaluando mi criterio era cierto que pocas películas alentadoras eran de mi agrado. Tal vez los films y los libros optimistas siempre me han parecido sospechosos. Hasta que por supuesto tuve la fortuna de ver ¡Que bello es vivir!


Toda la historia y la trama esta encadenada de tal forma que produce un contundente efecto final. El regocijo por la vida a pesar de las frustraciones, el bien cosechado sin el interés de la recompensa, la esperanza como motor del ser humano y la valentía frente a la vida. No son efectos vacíos comunes en la producciones de Hollywood. Creo que el logro de este efecto se debe a muchos factores, pero principalmente, a la manera como se nos presentan los personajes y como terminan confluyendo a ese universo que se entreteje con el personaje principal y del cual todos dependen (incluso del mundo celestial). ¿Quién podría olvidar a ese amigable ángel en busca de sus alas?


Hay otro factor que resulta consecuente con ese final cargado de esperanza y regocijo por la vida y es precisamente el aspecto que Frank Capra sabe como comunicarnos a lo largo del film. Sus personajes están en constante movimiento como el fluir de la vida, y,  nunca están solos, sus sueños y esperanzas, no son logros individuales sino colectivos. Incluso en las secuencias más dramáticas el personaje se resiente de la soledad.


Se ha dicho que es un film clásico del sueño americano y que sólo es valido para la clase media en Norteamérica  Y se ha dicho también que visto hoy resulta demasiado inocente. Tal vez, creo yo, que el logro del film no sea convencernos de lo positivo de la vida, sino evocar, que después de todo hasta el más pesimista tiene un lugar secreto donde regocijarse: la familia, los amigos, el trabajo, o, como quien escribe estas lineas: el arte y el cine.


Hugo J. Robles Cosco
Historiador del Arte

sábado, 15 de diciembre de 2012

El zoo de cristal ( 1987) de Paul Newman

No soporto ver películas teatralizadas. El teatro nunca me ha conmovido, a pesar de mi intento fallido por acercarme a ella muchas veces. Creo que la dimensión interpersonal del teatro arruina la ilusión de realidad que puede provocar un film. Entonces ¿como puedo valorar tanto esta adaptación fílmica de Tennesse Williams?, en donde el director ha hecho todo lo posible para ser fiel al texto dramático, donde el merito es exclusivo de los actores, donde la cámara si apenas se mueve, y donde finalmente, parece que viéramos una obra teatral con una cámara dentro del escenario. La razón creo yo, es la disposición que no algunos, sino muchos, tenemos al ingresar a una sala a ver cualquier film. Un abandono a esa ilusión del lenguaje cinematográfico.


El inicio de la película con una breve toma de exteriores nos introduce al hogar abandonado por Tom. Ese personaje cuyo monologo introductorio nos familiariza inmediatamente con la propuesta teatral del director y, sin embargo, hay también  esa necesidad de involucrarnos con todos los personajes pero no como figuras representando su papel, sino como personas cuyos recuerdos inmediatamente las configuramos como reales mucho antes de que aparezcan en escena: Amanda, la controladora madre; Laura, la temerosa hermana y Jim, el amigo invitado. No creo que se trate de grandes interpretaciones, pero cada uno aporta una emoción que en conjunto crea una atmósfera realmente atrayente.  


No recuerdo otra película cuyos lazos familiares hayan tocado ese filamento tan sensible que sentimos con el entorno familiar: el abandono del hogar, el recuerdo de la convivencia, la nostalgia por el vínculo, la desesperación por la independencia o la insatisfacción por el deber familiar.


No hay duda que el personaje de Laura es la que trasmite todas las consecuencias del dolor y la angustia del hermano y la madre, y es el personaje que evoca el sentido de la película. Ella y su colección de animales de cristal que tanto cuidados le da, no es sólo un símbolo de la fragilidad con que nos relacionamos con las personas cercanas a nosotros (la familia), sino también, la transparencia con que podemos observarlas.

Hugo J. Robles Cosco
Historiador del Arte

jueves, 13 de diciembre de 2012

Kagemusha, la sombra del guerrero (1980) de Akira Kurosawa

Rara vez el género épico en el cine me ha subyugado. Las panorámicas batallas, la multitud de extras en el   paisaje, los efectos especiales, la fotografía y los minuciosos escenarios, si bien es cierto, realzan y producen un efecto visual contundente al espectador, siempre los he visto como meros artificios que con el paso de los años esa magia va desapareciendo.  Todo lo contrario ocurre con esta película que con el paso del tiempo sólo me ha hecho confirmar que cuando los recursos en el cine se utilizan para expresar visualmente una idea de grandeza genuina los resultados no pierden nunca ese efecto que es tan necesario en el cine épico.


Kagemusha es un film que un historiador del arte no puede evitar relacionarlo con la obra de Vincent Van Gogh. Y es que el director tampoco ha dejado duda sobre la importante influencia del pintor postimpresionista en sus películas  Aquí el color (se ha dicho mucho de este aspecto en el cine de Kurosawa), es  particularmente interesante por la importancia que tiene en la narración de los hechos suscitados en la historia de la película. El efecto colorístico nos conduce de la realidad a la ilusión, de la gloria al desastre, de la guerra a la muerte, y no precisamente, para enaltecer los valores nacionales de la historia japonesa, sino para hacernos participes del drama humano universal de sus personajes.    


Kagemusha, la sombra del guerrero, no es una historia de acción y violencia, a pesar de la guerra, la venganza y la ira de sus personajes poderosos. Es la historia de la incertidumbre que nos toca vivir a todos cuando de una manera u otra, somos conscientes que también poseemos una naturaleza violenta. El personaje por el cual nosotros entramos a este mundo es una sombra y como toda sombra no es oscura ni negra, sino un abigarrado conjunto de colores y matices en constante lucha por definir nuestra humanidad.

 
Hugo J. Robles Cosco
Historiador del Arte

martes, 11 de diciembre de 2012

Crímenes y pecados (1989) de Woody Allen

Es difícil escoger una película de un director que admiras. Toda su filmografia es un aprendizaje de un buen cine, allí están su Manhatan (1979) y Hannah y sus hermanas (1986), incluso las menos apreciadas por la crítica y el publico como Otra mujer (1988). Sin embargo, Crímenes y pecados contiene esa dimensión de crítica moral que a uno lo deja realmente perplejo. Y es que no creo que exista otro director que nos haya puesto al frente de nuestra propia inseguridad religiosa y ética como lo hizo Allen en esta película. La escena del festín familiar es una muestra de la posición que cada individuo toma con respecto a los temas que la película desarrolla: fe, doble moralidad, culpa, desengaño, crimen, pecado.


Los recursos cinematográficos del director prueban una vez más que Allen no sólo es un excelente guionista y que sus películas no dependen únicamente de ese humor ácido que tan bien maneja. Las escenas tienen un halo religioso debido al uso de luces cálidas que crea esa sensación de misticismo y que confiere a la película una especie atmósfera sacramental que esta siendo trasgredida.


Se ha dicho muchas veces que es la película mas desalentadora que tiene Woddy Allen en su filmografía, y no cabe duda que la gran escena final entre los dos personajes principales bebiendo y conversando (ya no se trata de un debate racional y analítico) sino de las más sinceras confesiones de como definimos nuestras consciencias, es realmente abrumadora al espectador. Personalmente debo admitir que películas como ésta no solo causaron un efecto estético, sino también formaron parte de una nueva manera del ver el mundo a fines de los ochenta. Y como todo en esa década, no fue precisamente alentadora.  


Hugo J. Robles Cosco
Historiador del Arte




lunes, 10 de diciembre de 2012

El hombre que mató a Liberty Valance (1962) de John Ford

Siempre he sentido fascinación por el personaje-tipo del western crepuscular. En esta película el héroe va llegando a su final  quemando el hogar soñado, con botella de licor en mano y hundido en el cansancio. Es un personaje cuyo acto más noble se realiza entre las sombras y el anonimato. La hazaña, entendido como logró final en todo western, no es una secuencia o escena de lucha entre el bien y el mal, todo lo contrario, queda reducido dicha hazaña a una frase coloquial de una mentira convertida en leyenda, que deja un sabor amargo entre los que vivieron junto al personaje-héroe: "harían lo que sea por ... el hombre que mató a Liberty Valance"


Pero no es sólo el tratamiento del personaje-tipo lo que fascina en esta película. La fotografía en blanco y negro logró momentos notables sobre todo en las secuencias nocturnas y de interiores. No hay grandes tomas o panorámicas salvo en el comienzo y final de la película donde el ferrocarril como símbolo de la modernidad ha arrasado con la idea del western donde el bien y el mal se enfrentaban. El siguiente fotograma ilustra como la escena del duelo no es ya el enfrentamiento de dos ideas contrapuestas sino una visión parcial, recóndita y oscura del mundo en que se desenvuelven.


Hay otro aspecto que ha llamado mucho la atención desde que se estreno la película y que sigue siendo vigente hasta el día de hoy. Se pretendió y se logró hacer un film con calidad artística. No se trata de afirmar que con esta obra el director alcanzó el nivel de excelencia. Hace mucho tiempo que Ford era considerado un extraordinario director. Pero es loable que haya elevado un género ya caduco en esos años a niveles superiores de expresión artística.

Hugo J. Robles Cosco
Historiador del Arte