Cuando una vez me dijeron que a mí no me gustaban los finales felices sino que era un pesimista sin remedio, mi respuesta inmediata fue que me gustaban los finales consecuentes con la película. Pero evaluando mi criterio era cierto que pocas películas alentadoras eran de mi agrado. Tal vez los films y los libros optimistas siempre me han parecido sospechosos. Hasta que por supuesto tuve la fortuna de ver ¡Que bello es vivir!
Toda la historia y la trama esta encadenada de tal forma que produce un contundente efecto final. El regocijo por la vida a pesar de las frustraciones, el bien cosechado sin el interés de la recompensa, la esperanza como motor del ser humano y la valentía frente a la vida. No son efectos vacíos comunes en la producciones de Hollywood. Creo que el logro de este efecto se debe a muchos factores, pero principalmente, a la manera como se nos presentan los personajes y como terminan confluyendo a ese universo que se entreteje con el personaje principal y del cual todos dependen (incluso del mundo celestial). ¿Quién podría olvidar a ese amigable ángel en busca de sus alas?
Hay otro factor que resulta consecuente con ese final cargado de esperanza y regocijo por la vida y es precisamente el aspecto que Frank Capra sabe como comunicarnos a lo largo del film. Sus personajes están en constante movimiento como el fluir de la vida, y, nunca están solos, sus sueños y esperanzas, no son logros individuales sino colectivos. Incluso en las secuencias más dramáticas el personaje se resiente de la soledad.
Se ha dicho que es un film clásico del sueño americano y que sólo es valido para la clase media en Norteamérica Y se ha dicho también que visto hoy resulta demasiado inocente. Tal vez, creo yo, que el logro del film no sea convencernos de lo positivo de la vida, sino evocar, que después de todo hasta el más pesimista tiene un lugar secreto donde regocijarse: la familia, los amigos, el trabajo, o, como quien escribe estas lineas: el arte y el cine.
Hugo J. Robles Cosco
Historiador del Arte




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